Por Blog GOk
Hay fechas que deberían estar marcadas con lápiz en el calendario, pero que cada año llegan escritas con marcador indeleble y en color rojo. La vuelta al cole es una de ellas. Lo que debería ser un momento de reencuentro, de forros nuevos y olor a lápices sin estrenar, se ha convertido, para millones de familias argentinas, en una verdadera carrera de obstáculos económicos. Y en esta edición 2026, la pista está más resbaladiza que nunca.
Los números fríos ya los conocemos: una canasta básica que supera los $76.900 por alumno, cuadernos que arrancan en $3.500, carpetas que duermen en las góndolas a más de $8.000. Pero detrás de esas cifras hay algo que ninguna estadística puede medir del todo: la angustia de los padres haciendo malabares con el sueldo, la mirada cómplice de la madre que, en la librería, pide "lo más económico" casi en un susurro, y la lista interminable que, por más que se ajuste, siempre termina siendo más cara de lo que se había presupuestado.
En este contexto, los bancos han salido al rescate. O, al menos, eso es lo que dicen los spots publicitarios. Descuentos del 40%, reintegros de hasta $60.000, cuotas sin interés en 9, 12 y hasta 24 pagos. Una oferta tentadora que, vista con lupa, revela una realidad incómoda: la solución al problema de la inflación ya no viene del Estado ni de una política de ingresos, sino del plástico y de la billetera virtual. Es decir, para poder comprar los útiles, primero hay que estar bancarizado, tener la tarjeta a mano y, sobre todo, endeudarse.
Y no me malinterpreten: celebro que existan estas herramientas. Banco Macro con sus jueves sin tope, ICBC con su 40% y tope de $50.000, BBVA con sus reintegros generosos. Son un alivio, sin duda. Pero no podemos naturalizar que la vuelta al cole se haya convertido en un problema de "estrategia financiera" en lugar de un derecho básico garantizado. ¿Desde cuándo mandar a un hijo a la escuela implica sentarse con una planilla de Excel a comparar topes de reintegro y fechas de promociones? ¿Desde cuándo la emoción de estrenar guardapolvo viene acompañada del miedo a no llegar a fin de mes?
Lo que más preocupa no es solo el precio de los útiles, sino lo que este escenario dice de nosotros como sociedad. La educación, ese pilar sagrado que debería igualar oportunidades, se está convirtiendo en un nuevo filtro de clase. No es lo mismo llegar a la escuela con la mochila técnica de moda y los marcadores de 48 colores, que hacerlo con lo justo, reutilizando lo del año pasado y esquivando miradas. Y los chicos lo saben. Ellos también comparan, también miden. La mochila, lamentablemente, ya no solo lleva libros: lleva también el peso de la economía familiar.

Frente a esto, las promociones bancarias son un parche. Un parche necesario, útil, agradecido, pero un parche al fin. Nos permiten llegar, respirar y decir "zafamos". Pero no solucionan el problema de fondo: que los ingresos no alcanzan, que la inflación carcome y que el comienzo de las clases, un momento que debería estar lleno de ilusión, se ha transformado en un dolor de cabeza para millones.
Mientras tanto, los padres hacemos malabares. Comparamos precios en tres librerías antes de comprar. Nos prestamos los códigos de descuento entre compañeros de trabajo. Calculamos si conviene más el reintegro de BBVA o las cuotas del Galicia. Nos volvemos expertos en finanzas domésticas por pura supervivencia. Y en medio de esa danza de números y apps, perdemos de vista lo esencial: el hijo que crece, el ciclo que empieza, el futuro que se construye día a día en las aulas.
Por eso, esta columna no es solo para recomendarles que usen MODO o que marquen en el calendario las fechas del ICBC. Es, sobre todo, una invitación a reflexionar. A no perder la capacidad de indignarnos. A recordar que la educación no debería depender del banco en el que cobramos el sueldo. A exigir, también, que el derecho a aprender no sea un privilegio de quienes pueden planificar su endeudamiento.
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Mientras tanto, a seguir comparando topes, a aprovechar cada reintegro y a abrazar fuerte a los chicos en el primer día de clases. Porque ellos, al final, son los únicos que entienden que lo importante no es la marca de la mochila, sino lo que llevan adentro. Y eso, afortunadamente, todavía no tiene precio.
